Grupo diverso de personas posando para una foto grupal al aire libre con un perro.

Ciclo Vivo: un encuentro para aprender del camino recorrido

El pasado 18 de julio, nos reunimos en Chorreras con las cinco iniciativas que hacen parte de la primera cohorte de Ciclo Vivo, de la Fundación Barichara Regenerativa, para compartir los aprendizajes de un proceso que, durante varios meses, ha buscado fortalecer y articular iniciativas que con acciones concretas y sostenibles buscan aportar a la regeneración del territorio desde la planeación comunitaria. Más que un espacio para mostrar resultados, el encuentro fue una oportunidad para detenerse, mirar el recorrido y aprender juntos de lo vivido.


Participaron representantes de La Ruta del Arte, el Fondo para la Restauración del Ciclo del Agua y el Sello Sembradores de Agua, el Acueducto Comunitario Aguas Cristalinas, el Taller de Transformación de Casa Común y la Escuela del Agua, junto con el equipo de la Fundación Barichara Regenerativa, los facilitadores del proceso, Makis y Felipe Medina, y varios de los mentores que han acompañado a las iniciativas.


La jornada comenzó con una pausa para un ejercicio de presencia, de reconocimiento del lugar y la disposición a la escucha activa. Luego, un ejercicio de encuentro con los demás, de mirarse a los ojos y reconocerse como parte de un mismo tejido. Ese fue el espíritu que acompañó toda la conversación.


Desde el inicio quedó claro que no se trataba de una evaluación ni de una rendición de cuentas. Ciclo Vivo es un laboratorio social, es decir, un espacio para experimentar nuevas formas de fortalecer iniciativas y de construir relaciones de confianza entre quienes trabajan por la regeneración de Barichara. Y en una experimentación no existe el fracaso; existen los aprendizajes.


A partir de cuatro preguntas sencillas -qué les funcionó como estaba planeado, qué no ocurrió como se esperaba, qué se aprendió de ello y cómo se utilizaron los recursos— cada iniciativa fue reconstruyendo su camino.


Las conversaciones dejaron ver algo que atravesó a todos los procesos: muchas de las mejores cosas no estaban en los planes iniciales. La Ruta del Arte encontró una participación mucho mayor de la esperada y descubrió cómo el arte a disposición de la población rural puede convertirse en un puente para fortalecer aún más el sentido de pertenencia por el territorio. La Escuela del Agua logró reactivar Chorreras como un lugar de encuentro y memoria alrededor del agua, mientras el programa de formación de guías ecológicos despertó un entusiasmo que superó todas las expectativas.


Por su parte, Casa Común amplió significativamente el número de familias vinculadas al Taller de Transformación y comenzó a consolidar procesos de comercialización y organización que fortalecen la economía regenerativa. El Acueducto Comunitario Aguas Cristalinas avanzó en las obras para mejorar su infraestructura hídrica y, al mismo tiempo, movilizó nuevos recursos y el compromiso de la comunidad para hacer posible el proyecto. En paralelo, el Fondo para la Restauración del Ciclo del Agua y el Sello Sembradores de Agua fue afinando su diseño junto al sector turístico, comprendiendo que construir un mecanismo de financiación territorial requiere tiempo, escucha y una visión compartida.


Pero el encuentro también abrió espacio para hablar de aquello que no salió como se esperaba. Las dificultades para convocar a ciertos actores, los desafíos de la sostenibilidad financiera, la complejidad de diseñar modelos colaborativos o los tiempos propios de cada proceso dejaron de verse como obstáculos y comenzaron a entenderse como información valiosa para seguir avanzando.


Después de escuchar a las iniciativas, los mentores compartieron sus observaciones y recomendaciones. Más tarde, los participantes se reunieron por afinidades para explorar posibles alianzas entre proyectos, descubriendo puntos de encuentro que fortalecen la idea de un territorio donde las iniciativas no avanzan de manera aislada, sino conectadas entre sí para potencializar el cambio que queremos.


El cierre fue quizá el momento más significativo. Cada persona compartió aquello con lo que regresaba a casa: una idea, una emoción, una pregunta o una certeza. Porque, al final, el mayor aprendizaje de la jornada fue confirmar que regenerar un territorio no consiste únicamente en ejecutar proyectos, sino en construir confianza, aprender colectivamente y reconocer que el camino se fortalece cuando se recorre acompañado.


Ese es, precisamente, el corazón de Ciclo Vivo: hacer del aprendizaje compartido una forma de cultivar el futuro del territorio.

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